En la vorágine del individualismo, nos olvidamos del arte como medio de expresión y reflejo de las comunidades, y así perdimos los espacios que nos permitían la relación y el encuentro.
En función de crear ciudades eficientes los espacios públicos cada día son menos amigables y esta desconexión de los ciudadanos, no nos permitió verlo hasta que fue muy tarde, hoy se hace necesario comenzar desde cero, volver a discutir, hacer la catarsis, evaluar que no nos agrada de nuestras ciudades, apropiarnos nuevamente de los conceptos que ambiguamente repetimos constantemente espacio público, colaboración, comunidad, que a muchos les parecen académicos y lejanos, luego olvidar las manifestaciones artísticas como meros productos, pues son mucho más que eso.
El espacio público es el lugar que nos puede garantizar la igualdad, y el arte, la expresión libre, desde ahí, el artista no es solo un expositor de su trabajo, sino adquiere una responsabilidad del rescate de la cultura, el reconocimiento y valorización de las costumbres que observe, el gestor adquiere otros, no quedarse en la producción de un evento, en la exposición, sino explorar más la acción mediadora, generar espacios de discusión, de encuentro, recoger más que el dato de audiencia, reconocer las acciones locales, promover no solo las actividades disponibles en las parrillas culturales, hacer de las manifestaciones artísticas una forma de vida en su expresión incluyéndolas en el cotidiano y ser colaboradores reales en el rescate de estos infinitos espacios ocultos en cada esquina.
Romina Aguirre Villarroel
